Esclavas De María Inmaculada | FUNDADORA
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Una joven valenciana que, interpelada por el Evangelio, guiada por el Espíritu y fortalecida por una intensa vida de oración, decide como María, la Virgen Inmaculada, entregarse incondicionalmente a la voluntad de Dios.

Con mirada contemplativa descubre en el mundo obrero femenino de su tiempo al Cristo Crucificado.

Con corazón inquieto y sensible hace suyos los gozos y las esperanzas, los sufrimientos y las tristezas, de quienes socialmente contaban tan solo como meros instrumentos de trabajo.

 


 

Libre de miedos y prejuicios abandona su acomodado status social y a ejemplo del Maestro, se da y da para que tengan vida.

Con voluntad firme hace frente a las dificultades y oposiciones que incluso eclesialmente encuentra, convencida de que su obra es obra de Dios.

Una vida breve pero intensa; apasionada por el Crucificado y los crucificados; cargada de silencios elocuentes, gestos de compasión y solidaridad, abierta a la gracia y atenta a los signos de la vida.

 


 

En herencia nos dejó: una Fe que se hace fuerte con el transcurso del tiempo, una Esperanza que sigue suscitando posibilidades, un Amor que late más allá de los límites de la muerte y reclama nuevas presencias, nuevas formas, nuevos retos, un talante de vida marcado por la humildad, la alegría, la laboriosidad y el amor…

Juana Condesa Lluch nace el 30 de marzo de 1862, en Valencia. Sus padres, Luis y Juana, la llevaron a bautizar al día siguiente en la Iglesia de San Esteban. Allí mismo recibió el sacramento de la Confirmación en 1864 y la Primera Comunión a los 10 años.

Su padre, médico, era un hombre de profunda fe; su entrega a los enfermos le llevó a contraer el cólera que asoló Valencia en 1865, muriendo víctima de dicha enfermedad. Su madre, mujer humilde y piadosa, confió la educación de sus hijas Juanita y Trinidad, según la costumbre de la época y su posición social, a una maestra, Doña Teresa Ballester.

Juanita fue una niña rebelde, terca y traviesa, pero con un gran corazón y una fina sensibilidad. Este temperamento fue dando paso a una voluntad firme y decidida, a afianzar su vida cada vez más en Dios, quien pasó a ser el centro de su vida. Pronto se fue sumergiendo en las devociones religiosas de la época y ejerciendo la caridad con quienes tenían necesidad. Alrededor de 1875 ingresó en la Esclavitud Mariana de Grignion de Monfort y en la Archicofradía de las Hijas de María y Santa Teresa de Jesús, donde pronto se le confió la secretaría. Como sus padres, perteneció a la Tercera Orden del Carmen. Diariamente participaba en la Eucaristía en la Iglesia del Patriarca.

 


 

Pronto descubrió la llamada de Dios para ser suya, y, mientras descubría el camino a seguir, hizo voto de virginidad en el silencio de su corazón. Como María quería ser toda de Dios. Su familia tenía una ‘barraca’ de recreo en la playa de Nazaret, donde acudía con frecuencia. En ese camino fue donde descubrió para qué la llamaba Dios. Yendo en su tartana, veía grupos de mujeres que cada día iban desde sus casas, en los alrededores de la ciudad, hacia las fábricas de seda, tabaco y abanicos… mujeres de clase social baja y poca cultura que trabajaban para ganarse el pan y mantener a sus familias, exponiéndose a graves peligros al andar solas por los caminos.

 


 

Juanita sintió que Dios le pedía abrir una casa para estas jóvenes y ayudarlas a vivir con dignidad, fomentando su educación y su formación religiosa, dándoles techo, comida y un poco de amor. Sintió que debía fundar una Congregación Religiosa para atenderlas. Y así, con tan solo 20 años empezó a dar forma a su proyecto. Las dificultades llegaron pronto. El Cardenal Monescillo se mostró poco entusiasta con él. Pero tras mucho insistirle, viendo su constancia, en 1884 le dio el permiso para abrir una casa para las obreras.

 


 

Así en marzo de 1884 Juana María abría el Asilo Protector de Obreras en la calle Viana de Valencia y una Escuela gratuita para hijas de obreras. Al proyecto de Juanita se habían unido doña Teresa, su maestra, y dos amigas, Rita Sancho y María Gil. Su obra iba adquiriendo forma. El Cardenal Monescillo, antes de marcharse a la sede primada de Toledo en 1892, autorizó el proyecto de Juanita de fundar una Congregación. Así el 10 de diciembre de 1892, Juana, Teresa, Rita y María tomaban el hábito. En 1895, el 19 de marzo, emitían sus Primeros Votos con carácter temporal. Por fin, su entrega a Dios se hacía pública. Muchos años pasaron hasta la Profesión Perpetua que fue el 8 de septiembre de 1911.
Su obra, poco a poco, se fue extendiendo. En 1897, en Manises, se abre una casa para la formación de las obreras; en 1900 se funda el Noviciado en Burjasot; en 1906 otra casa para la formación de las obreras en Ayora y en 1912 abre una casa en Almansa para la educación de niños y obreras.

 


 

La enfermedad fue minando la vida de Madre Juana María, quien supo hacer pasar desapercibidas muchas de sus dolencias. En 1916, la madrugada del 16 de enero, con tan solo 54 años de edad, entregaba su vida definitivamente en los brazos de Dios.

En Juana María Condesa Lluch, la espiritualidad abarca todas las dimensiones de su vida: su ser y su hacer. Es una espiritualidad matizada y enriquecida por su devoción a Jesús Sacramentado, a María Inmaculada, San José y Santa Teresa de Jesús. Espiritualidad que tiene como rasgos característicos: la humildad, la alegría, la laboriosidad y el amor.

· Jesús Sacramentado: Centro de su vida y fuente inagotable que alentaba su unión con Dios y su entrega a los hermanos/as. La oración ante el Santísimo se convirtió en acicate de su propio proceso vocacional.
“Su vida de unión con Dios estaba alimentada por la intensa devoción eucarística, de la que sacaba fuerzas para el gobierno del Instituto” (Testimonio de una Hermana).
“Procurarán tener una especialisima devoción al Santísimo Sacramento” (Consejo de la Madre Juana María Condesa a las Hermanas).

· María Inmaculada (Patrona de la Congregación): En la Virgen Maria, descubrió el modelo más perfecto de consagración plena y en totalidad a los planes de Dios. Desde su adolescencia profesó la Esclavitud Mariana. También fue secretaria de la Archicofradía de las Hijas de María Inmaculada y Santa Teresa de Jesús.
“La devoción a la Virgen fue especialísima en ella, a quien se lo encomendaba todo: la obra, la casa, todos los asuntos…” (Testimonio de una Hermana).

De su devoción a la Virgen surge el nombre del Instituto: Esclavas de María Inmaculada.
Esclavas: Vaciamiento de sí mismas, para que Dios sea tenido como único Señor.
María: Mujer, modelo más acabado de consagración a Dios.
Inmaculada: Gratuidad en nuestra vida y en nuestro apostolado.

· San José (Copatrono de la Congregación): De su devoción a San José se desprende una espiritualidad josefina; que conecta con la misión específica de la Congregación: el servicio al mundo obrero, teniendo la laboriosidad como forma de encarnar la experiencia del Espíritu desde una dimensión humana y humanizadora del trabajo. Desde la humildad y el silencio, San José se constituye en camino para llegar a Jesús, el cual era conocido como El Hijo del Carpintero(cf. Mt. 13,55).
“Todos debemos sujetarnos al trabajo con gusto no solo porque es ley y debemos cumplirla, sino porque es virtud que practicada debidamente es semilla que produce todo género de virtudes” (Juana María Condesa).

· Santa Teresa de Jesús (Copatrona de la Congregación): Al igual que el resto de su familia Juana María perteneció a la III Orden del Carmen. El conocimiento progresivo de la mística Doctora tuvo una especial incidencia en su vida, tanto en su camino de unión con Dios, como en su afán de llevar a Dios a otras personas. En Santa Teresa descubre una cierta pedagogía para avanzar en el camino del Espíritu.
Su luz fue la fe; su fuerza la esperanza; su alma el amor.

Así expresan los Teólogos Consultores la vivencia que de las virtudes teologales tuvo la Madre Juana María, definiéndola como: mujer bíblica, llena de coraje en las elecciones y evangélica en las obras.

Nada ni nadie la pudo separar del amor de Cristo, manteniéndose firme en medio de las dificultades y transmitiendo esperanza a su alrededor.

“Yo y todo lo mío para las obreras.” Su respuesta a la llamada de Dios quedó condensada en esta expresión. Su espiritualidad encontró en ella su forma de encarnarse. Su peculiar silencio se hizo palabra. Su opción por los pobres tomó rostro concreto. Su Sí a Dios se convirtió en un Sí abierto al prójimo.

“Ser santa en el cielo, sin levantar polvo en la tierra.” No buscó privilegios, ni aplausos, ni reconocimientos; quiso seguir a Cristo desde el silencio y la radicalidad evangélica.

“Sólo las almas sencillas forman las delicias de María Inmaculada.” En María descubrió a la Mujer que canta las grandezas de un Dios que se encarna y nos confunde porque ensalza a quienes otros humillan.

“Señor, mantenme firme junto a tu Cruz.” Quiso ser fiel y el precio fue la incomprensión y los obstáculos aceptados con serenidad y firmeza.

“Todo don de Dios es bueno y tanto es de agradecer el pan duro como el blando.” Percibió la vida como don y se sintió libre ante las esclavitudes de este mundo.

“Es cosa que me parte el corazón el ver que no puedo hacer lo que haría a favor de los pobres si tuviese quien me ayudase.” Desde su opción por Cristo-Jesús los pobres fueron el centro de sus intereses y la hicieron salir de sí misma mendigando solidaridad.

“Aceptar y no pedir es el más santo sufrir.” “Excelente disciplina es hacer con alegría lo que más nos costaría.” Experimentó al Dios de la Vida; un Dios que quiere misericordia y no sacrificios (cf. Mt. 9, 13), que nos lanza una llamada a vivir gozosamente aún en medio de las dificultades .

El Proceso de Canonización de la Madre Juana María Condesa Lluch se inicia en 1953, 37 años después de la muerte de la Sierva de Dios. El retraso en el inicio de dicho Proceso fue debido al respeto de las Hermanas hacia los deseos de la Madre que en numerosas ocasiones expresó que deseaba ser “santa en el cielo, sin levantar polvo en la tierra”. El Papa Pío XII, al conocer dicha expresión de la Madre, manifestó la gran humildad que encerraba e instó a las Hermanas a empezar el Proceso. Tras el reconocimiento de los restos de la Madre Juana María, se fueron dando los primeros pasos previos a la apertura del Proceso, como fueron la recopilación de datos, escritos, testimonios… así como guardar todo lo perteneciente a la Madre Fundadora, para formar el actual museo que está en la Casa Madre.

 


 

Dos fechas importantes para la Congregación fueron el 7 de julio de 1997, día en que se promulgaba el ‘Decretum Super Virtutibus’ y el 5 de julio de 2002 en que se promulgaba el ‘Decretum Super Miraculo’. Ambas fueron los antecedentes para la Beatificación el 23 de marzo de 2003 en Roma.
El acto de Beatificación tuvo lugar el 23 de marzo de 2003 en la Plaza de San Pedro de Roma por S.S. Juan Pablo II. El lema elegido fue: Un acontecer de Dios para el mundo obrero, a través del cual se quiso expresar lo que Juana María fue para el mundo obrero de su tiempo y sigue siendo para el de nuestros días. Desde entonces, celebramos su memoria como Beata, el día 16 de enero.